10 de agosto de 2015

EN CUANTO SE VAYA LA DUDA




Creo recordar un tiempo en el que podía para de estar nerviosa, triste, al borde del ataque de ansiedad o con la cabeza a punto de estallar salpicando pensamientos en forma de confeti. Fuera lo que fuese lo que me rondaba por la mente, podía decidir cambiarlo y estar feliz, o al menos su copia más parecida. Ponía una de esas listas de reproducción tan animadas en Spotify y me ponía a bailar como una loca, hasta que el delirio ocupaba tanto espacio en mi cabeza que ya no cabía nada más.

Recuerdo también otra época, anterior a la que acabo de mencionar, en la que hacía exactamente lo contrario. En mis días más negros, que por aquel entonces eran casi todos, ensalzaba mi congoja con ropa oscura, esmalte de uñas oscuro, y cómo no, música oscura. 
Parecía que me recreaba en mi tristeza, la explotaba al máximo. Jugaba, sin saberlo ni quererlo, a ver cuánto más podía doler.

Ahora, sin embargo, no hago ni lo uno ni lo otro. Cada estado, pensamiento, sensación o sentimiento se apoderan de mí y deciden lo que voy a hacer o dejar de hacer.
Hay días en que la duda me carcome. Otros es la ansiedad, la impaciencia, la falta de control o la incertidumbre los que lo hacen. Se infiltran en mí en forma de ideas y me inhabilitan por completo. No soy capaz de hacer nada más que esperar. Esperar a que se vaya, a que se pase, a dejar de sentir un nudo en el estómago, o esa presión y saturación, quizá fatiga, en mi cabeza.

Hay días en que lo intento. De verdad, con todas mis fuerzas. Me digo que todo son tonterías, paranoias. Que en el fondo sé que el 95% de lo que pienso en esos momentos no es real, o que no tiene importancia en absoluto. Me intento relajar y me recuerdo a mí misma que no tengo que preocuparme tanto por todo.


¿Y sabes qué me dice entonces esa voz en mi cabeza?
Que justo cuando deje de preocuparme, se hará verdad.

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