5 de agosto de 2015

PERDERME EN TU LIBERTAD




La iba a ver cada día al atardecer. Me sentaba delante del portal de su casa y enfocaba mi mirada hacia su ventana hasta verla aparecer por su habitación. Nunca hasta entonces una espera se me había hecho tan exasperantemente eterna, y compadezco a mis uñas por el nudo de nervios que ésta despertaba en mi. Pero al fin aparecía, encendía una tenue y cálida luz, subía el volumen de la música y se ponía a bailar. Así, sin más; sin prepararlo, sin coreografía, sin pensarlo. Se paraba un segundo antes de empezar y dejaba que la canción entrara en ella, como si se tratara de partículas que pudieran moverla. Y ella lo sentía tanto que su danzar erizaba cada milímetro de mi piel, e incluso si me dejaba a mi mismo llevar como ella lo hacía, me parecía vislumbrar el mundo donde bailaba.
Juro que nadie ha visto jamás algo o alguien tan libre como lo era ella en ese momento. Incluso parecía que la misma libertad y la música hubieran devenido una perfecta dualidad que la poseía en cada movimiento, giro o espasmo que desprendía su cuerpo. 
Al terminar la canción, retiraba su alborotado pelo hacia atrás, como alucinada, y empezaba a saltar y a reírse sola, extasiada de felicidad. Parecía un poco loca, pero era cautivador. 

Un día me descubrió mirándola perdidamente anonadado, y antes de que me diera tiempo a huir sintiéndome un completo acosador, me regaló una sonrisa que se ha quedado conmigo y que llevo siempre encima.

Y no hay día en que no piense en volver con ella a rozar ese mundo del que ya no saldría nunca.

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