12 de agosto de 2015

TÚ Y OTRAS DROGAS




A veces me descubro a mí misma rebuscando entre mi ropa rastros de tu olor, ese que lleva años persiguiéndome y que, en ocasiones, he intentado rehuir. Pero siempre vuelve.
En instantes como este, en los que me encuentro buscándote, anhelándote, me pregunto si no habré perdido la cabeza por completo. Y quizá así sea, pues al fin y al cabo no encuentro mejor forma de describirte que como a mi mayor droga, y eso no puede decir nada bueno de mí.
Pero así es, no hay momento alguno en el que no tengas presencia en mi cabeza, en el que mis oídos no extrañen tu voz, o en el que mis labios no ansien los tuyos, o mi piel no fantasee con el roce de las yemas de tus dedos acariciándola como si fuera a romperse, como si fuera lo más delicado que han tocado nunca.

Tengo sed de ti, a cada segundo que no estás a mi lado. Y cada sensación que me viene acaba por convertirse en un deseo vehemente e incontrolable que sólo se resuelve cuando te encuentro.

Y cuando lo hago, lo entiendo todo un poco menos.

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