21 de agosto de 2015

UNA CÁRCEL IMPENETRABLE




He cogido cierto vicio a salir al balcón de mi habitación en mis días grises. Me pongo justo en el rincón donde toca el sol, para que me haga compañía, y no hago nada, mas que escuchar el paso de la gente en un vaivén de quehaceres. No los miro, más bien me escondo de ellos. Cierro los ojos, me dejo envolver por la cálida luz y uso sus voces, sus sonidos, sus ruidos, para comprobar que todo sigue siendo real. Que todo sigue, en general. 
Los uso para asegurarme de que no sigo encerrada en la cárcel sin ventanas ni barrotes que en ocasiones mi mente deviene.

- Sólo quiero ser libre de ti - le digo. - Llevas demasiado tiempo atormentándome. 

Al menos, aunque sea solo durante unos breves instantes, consigo no sentirme tan sola ahí dentro. Es todo demasiado oscuro, y esta oscuridad tiene mucho menos color que la que aparece cuando apagas las luces de una habitación por la noche. Incluso menos que el mismo negro, que ni siquiera es un color en si.

Es como un vacío, voraz y destructor, que me persigue constantemente en un lugar del que nunca podré escapar.


Y en el que siempre, siempre, salgo perdiendo.

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