4 de septiembre de 2015

UN POZO LLAMADO PERDER




Por norma general, casi nunca participo en ningún juego. No porque sea una sosa sin remedio (que a veces sí), sino porque siempre, casi sin excepciones, pierdo. Sea lo que sea, por más empeño que le ponga, acaban por ganarme.

Ayer por la noche, sin embargo, quizá porque había bebido un poco más de la cuenta y cualquier cosa se me antojaba buena, una amiga me propuso jugar al billar y a mí, que ya digo que no pensaba demasiado, no me pudo parecer mejor idea.
Era, creo, la segunda vez en mi vida que intentaba jugar, así que me lo explicaron un poco y nos pusimos a ello. Jugamos dos partidas, las dos muy divertidas. Cada vez iba tirando un poco mejor.

Perdí las dos veces, como ya era de esperar. La primera no me importó lo más mínimo, casi ni me dí cuenta. Empecé la segunda partida con mucha ilusión, casi incluso con un atisbo de esperanza. "Va, esta es la buena".
Me lo estaba pasando bastante bien, no le prestaba demasiada atención a nada. Me limitaba a concentrarme en tocar la bola con el palo, y esperar que el resultado fuera una de mis bolas entrando en algún agujero.

Llegó un punto en el que solo quedaban cinco bolas: tres normales, la blanca y la negra, pero no me fijé en cuántas de las normales eran mías hasta que mi contrincante entró la última de las suyas. En ese momento mis ánimos cambiaron radicalmente y mi sonrisa se tiró por la ventana, y todo lo que oía de mí misma era: "Ya estamos otra vez. Perdedora."
Acabamos la partida y yo me fui directa a los servicios, por no llorar delante de todo el mundo. 

Sí, me puse a llorar después de perder una partida de billar, cual niña de tres años. Soy consciente de lo ridículo que suena decir esto, y que no tiene el menor sentido. Pero cuando digo que casi nunca juego a nada, no es porque siempre pierda, sino por cómo me hace sentir eso, como si fuera una perdedora nata. Y no solo en los juegos, más bien en mi vida en general. Me recuerda todas las cosas que he hecho mal y todas las veces en las que me he equivocado. Me hace sentir que soy un fracaso irrecuperable. Y así, decido optar por no jugar, y quizá así lo hago en tantas otras situaciones. Me decanto por el camino más fácil posible, el de no intentarlo.

Y justo pensando esto me doy cuenta de que no hay forma más tonta de perder que esta.

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