2 de mayo de 2016

EL JUEGO DE MARGO



Margo leyó el otro día que nada toca a nada. Cuando rozamos nuestra piel con la de otra persona, por ejemplo, solo sentimos una ilusión del contacto entre nuestros átomos, pero estos, en realidad, nunca llegan a tocarse. Más bien… se repelen.
Eso le hizo pensar en Alec, al que lleva más de dos años sin ver. A Alec siempre le han gustado demasiado los juegos, hasta el punto de llegar a obsesionarse con ellos. La última vez que se despidieron le prometió que volverían a verse, pero que sería ella la que tendría que encontrarle.

Así que durante todo este tiempo Margo se ha ido encontrando, cuando menos se lo ha esperado, con alguno de sus juegos. Alec le deja pistas que la guían hasta las siguientes pistas hasta que llega al destino final, que en teoría, tendría que ser él. Pero nunca lo es. Alec siempre la lleva hasta puntos sin salida, le hace recordar cosas que ella lleva tiempo intentando olvidar porque no hacen más que agrietarle el corazón, que se aguanta entero por los pelos y con pinzas. Margo se odia por ello, pero no hay día en que no le eche de menos, o juego en el que no tenga la esperanza de encontrarlo en su pista final.

Esta vez nada es diferente.
Ha pasado tanto tiempo que ya ni siquiera sabe qué le diría si lo viera.
Seguramente primero tendría ganas de pegarle una bofetada, o un puñetazo, o mil de cada. Por ser un capullo integral. Y luego tendría ganas de matarle. De matarle a besos, de darle un abrazo de media hora y que sea tan fuerte que le junte todas sus partes rotas. Tendría ganas de pedirle que le devolviera todas las sonrisas que no le ha dado en estos dos años, que aún no ha encontrado a nadie que supere su récord. Tendría ganas de él.

Pero Alec nunca está en el final de su propio juego.



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